viernes, 10 de diciembre de 2010

No quiero un príncipe

No me importa si piensan que estoy maniática y más si no creen lo que voy a contar.

Era el año de 1816, en un barrio francés, aquellos que deleitan la mirada con calles adoquinadas, con bares y cafés en cada esquina, con casonas viejas de más de 60 años.
La gente caminaba con preocupación y locura, sus rostros no podían esconder el terror que sentían por las historias que se contaban.

Estaban petrificados por lo que se decía de una mujer.
Se murmuraban muchas cosas de ella, todos sabían que su trabajo era repugnante, dama de compañía era como se decía, así es como se ganaba la vida, aquella mujer ya estaba acostumbrada al desdén de las persona.

Una mañana de abril se despertó llorando y gimiendo como una chiquilla de 7 años, abriendo los ojos petrificados y sombríos, no recordaba esa pesadilla con que todas las madrugadas era atormentada. Ella sólo cerraba su mente, y se ahogaba en sueño, pero por qué siempre despertaba con una preocupación que la hacia estremecerse atormentando su alma. Así es como el preludio llega a mi historia.

Su nombre era Lauren, una mujer hermosa por su belleza física y sus modales, tenía una personalidad única porque era de las pocas damas de compañía que nunca perdía ese toque de encanto y buen comportamiento a pesar de que éste fuese embriagado rápidamente por algunas gotas de alcohol.
Nadie sabía porque esa joven había caído en la voluptuosidad y en algunos vicios.
Se decía que todo eso era a causa de un amor o también por la perdida de un hijo.

Para ella los excesos eran como la mejor medicina, sentía su cuerpo anestesiado y su alma transformada para no pensar en su pasado triste y macabro.

Sus vivencias antiguas estaban enfocadas a un amor que le había sido arrebatado por su paranoica, obsesiva e hipocondríaca mente.

Así es, ella tenía una doble personalidad, una que al parecer era la mujer tierna y dulce, y la otra, la perversa y lúgubre de tendencias masoquistas y abominables.

La historia que la convertiría en lo que ahora es, se debió a un amor que la atormentaba cuando ella apenas tenía 22 años, un amor que no le correspondía como ella siempre hubiese querido, un amor tranquilo y de confianza, de pasiones y de armonía, de calma y de brillante fantasía.

Él era un joven licencioso, talentoso en su forma de expresarse, de una personalidad vehemente, inexorable ya que nunca se dejo llevar por los ruegos de Lauren, pero aún así ella no podía alejarse de él porque ella sabía que más allá de una mente enferma y un temperamento enérgico, era un ser humano especial, seductor por su andar, por sus gestos, por aquel movimiento de cabeza, por sus palabras y sus caricias que sí tenían insensibilidad, a ella eso no le importaba.

Su nombre era Renato.
Renato no quería compromiso alguno, al menos eso le decía a Laurent, la mayoría de las peleas eran porque Lauren se cansaba de esperar, ya que nunca se daría cuenta de que ella lo amaba sobre todas las cosas, él no se convencía de aquella mujer que de repente se convertía en una bestia, él no quería estar más con ella.

Pasó el tiempo y Renato tenía planes a los que Laurent no estaba invitada, el desaparecía por días, semanas, y ella se desesperaba, hasta que un día se canso de esperar, pasaban tantas ideas por aquella mente, y fue así que nació el crimen.

Pero antes de eso Laurent le pidió un favor, la locura envolvió la razón de aquella joven, le pidió algo irregular fuera de orden que ni él mismo podía creer, un hijo suyo, ella corroboró diciendo que jamás le pediría otra cosa, que ya no lo molestaría más, que lo único que anhelaba era ver correr la sangre de su amado dentro de ella, hasta que cada glóbulo rojo llegará a sus entrañas, y eso la haría feliz.

El estaba aterrado, anonadado, no supo que hacer, pensó tanto que no había respuesta aún, ella suplicó, y Renato con tal de deshacerse de ella, y más porque sabía que podía ser un obstáculo para todos sus planes, le dijo que sí, pero con una condición, que se fuera a otra ciudad y se llevará consigo a la criatura que jamás llegaría a querer como suya.

Lauren entre pasión morbosa y melancolía se embarazo, pero no dejo las cosas como ya lo había prometido.
Unos días después fue a despedirse de su amado Renato, entre abrazos y un ambiente de agonía por dejarlo, Lauren sabía que él jamás la amaría y no pudo contenerse, se imaginó quién sería esa mujer que él estaba esperando o con la cual él querría estar, no aguanto el suplicio, lo abrazó muy fuerte y de repente sacó una navaja y le atravesó el corazón.
Él murió al instante, y Lauren envuelta por recuerdos y lágrimas decidió cortarlo en pequeños pedazos, para después cocinarlo y comérselo, cada bocado para ella era como un alivio. Los demás restos, como huesos y órganos se los dio a los perros callejeros que de noche rondaban por ahí.

Fue así como ella huyó a Toscana un pequeño pueblo de Italia, dejando atrás el crimen más macabro que pudiesen imaginar, pero ahí no acabó todo, pasaron nueve meses y tuvo a Lucio, así es como le había llamado a aquel niño de aspecto sombrío, de ojos grandes y luminosos, pálido igual que la madre, con una nariz respingada y noble, con una boca triste y pequeña.

Con el tiempo Lucio fue creciendo, tenía 13 años cuando el joven fue pareciéndose cada vez más a su padre, y Lauren no podía soportar aquella imagen.
Lauren era la madre más amorosa que pudiese existir, sus mimos lo decían todo, lo besaba irracionalmente, llegando al acto más diabólico en el que Lucio no la veía como a una madre sino como a una amante.

Era un crimen más, de aquella mujer insensata, cuya visión estaba cegada por la locura, había enamorado a su propio hijo.

Lucio cumplió 18 años y seguía visitándola, todas las noches iba a la habitación de la mujer que le había dado la vida y que perturbaba su mente con suspiros de deseo.
Lauren sabía que eso no estaba bien, cuando estaba con Lucio por su mente se agitaban recuerdos, recuerdos del hombre que le había quitado su delicadeza femenina, no aguantó ese dolor, no podía más con aquello, estaba confundida, pensaba y pensaba como terminar con aquella torpeza que había provocado.

Decidió volver hacer lo mismo que con Renato, pero ahora de una forma menos dolorosa y no tan delirante.

Una mañana en que la neblina salpicaba los techos y ventanas de las casas, Lauren se levantó, se arregló como hace mucho no lo hacía, se puso rubor en las mejillas y empapó sus labios de una sustancia que parecía aceite para embellecer su linda y seductora boca, era una mezcla de hierbas mortales, así es, veneno color escarlata, sabía que no podía tragar esa sustancia hasta que los dos se besaran. Bajó al salón de la casa, se sentó a esperar a que Lucio llagará del colegio, de pronto la puerta se abrió y con un rechinido que ésta hacía porque la casa era muy vieja, se asomaron unos ojos brillantes, era Lucio y sabía que su madre como siempre estaría ahí para besarlo, Lucio se acercó y la besó, los labios de Lauren empaparon la boca, la lengua y la garganta de Lucio, ambos murieron al instante, un trueno surgió de los cielos, ahí estaba despertando de un sueño que siempre se convertía en pesadilla sin poder recordar nada, Lauren sí había cometido el primer crimen, pero el segundo sólo era producto de su enferma mente.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Hoy, ya no

Por solucionar trabas susceptibles pasan cosas horribles, uno no queda bien jamás.
No leo mentes, no arreglo corazones, no fastidio apropósito, no hablo dulce, no lloro por capricho, no busco por encontrar, no hablo por conversar, hoy ya no quiero nada, hoy ya no busco obstáculos, no quiero suplicar porque me lastimo, porque hoy ya no quiero poner en riesgo mi vida.
Pinche semana fea…

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Un respiro

He visto su rostro desvanecido, no distingo si es él o ella, he tenido las ganas de irme al sueño más profundo porque así no siento dolor, así no hay asfixia, así no tengo tristezas que me hagan enfermar.
Hoy entendí las cosas de forma completa, algunas veces las entiendo como creo yo, son lo mejor para mi, pero no, la cosa es calmarse, la calma me lleva lejos, me da seguridad y me hace feliz, he visto un mundo de incertidumbre y terror, en donde las personas ya casi se van a donde tal vez encuentran la esperanza, la armonía, el regocijo de saber que allá estarán en plena calma, allá no hay malestar.
Las tristezas desaparecen rápido, los recuerdos de congoja y la desilusión se van con el aire helado, con el tic tac.
Todavía no me siento clara, pero sé que el tiempo me hará entender, entonces en ese momento estaré en completa calma, como hace unas horas lo hice, y no por el sopor, sino porque me visitó él o ella, sus brazos me envolvieron por unos segundos, no diré mentiras, la verdad me gustó ser arrullada, me mantuvo en plena paz y más cuerda que nunca, a mi mente vinieron recuerdos lindos, imágenes de hoy, escenas que he vivido entre reposo y risas, entre suspiros y sueños, y por eso entendí que la calma pronto me encontrará...

lunes, 22 de noviembre de 2010

Quiero una flor amarilla que me haga soñar

Esto es algo que escribí hace tres años, desde entonces lo dejé, es algo que no he podido terminar por miedo, porque no soy buena para los finales, porque no me gustan los finales, pero lo dejo aquí para no olvidar que lo tengo, otra cosa, el cuento va dedicado a mi padre Alfredo, así que yo he prometido dárselo algún día.
La niña está sentada en un banco, al frente de ella hay un piano, sobre el piano hay un pequeño florero, el florero tiene una flor amarilla y brillante.

La niña tiene la piel morena como la canela, tiene los ojos grandes y de color miel, tiene una trenza que le llega hasta los hombros, usa un vestido amarillo con grecas rojas.

Ella se llama Valeria, tiene 12 años, es tan tierna, le encanta la mermelada sobre el pan tostado, bebe la leche como si fuera agua, todas las tardes se columpia en el árbol que hay en el jardín de su casa.

Pasa el tiempo y Valeria se convierte en una mujer, con un carácter envidiable, ella está llena de tranquilidad, es perspicaz porque no se enoja por tonterías, ella disfruta al máximo el tiempo, trata a las personas con respeto, aunque estas no den lo mismo de su parte, es de esas pocas mujeres que se enamora por momentos, no se enamora de un solo hombre, se enamora de cualquiera que la mantenga flotando de cabeza sobre el techo, alguien que sea seductor y todo un caballero, que pueda tener un rostro sereno.

Valeria viaja en el espacio y el tiempo, ella muere por descubrir todo tipo de ideas e historias, ella regala besos para enamorar.

Valeria quiere estar acompañada por momentos, su soledad la mantiene viva, esa soledad de poder estar en su propio mundo, de hacer lo que se le da la gana, nadie le dice qué hacer, nadie la observa, nadie le miente.

El amor para ella es como amar a un libro, a una estación del año o incluso amar una buena melodía, el amor no existe es una tentación voluptuosa, para Valeria no hay alguien que la atrape por completo, no hay alguien que la haga sentir extasiada.

Camina por los jardines de las calles, recoge una flor amarilla, la pone en el florero y después la coloca sobre el piano viejo, que ya ha dejado de tocar.

Le encanta la naturaleza, le encanta recostarse sobre el césped y ver el cielo, oler la tierra mojada que deja la lluvia, trata de estar calmada y enamorada de sus ideas gracias a su inmensa imaginación y a esa flor amarilla.

Sus sentidos se distorsionan por las elocuencias de las personas que la rodean, por la mentira que ellos azotan con un bun bun en su cabeza.

Valeria se mira en el espejo, y ante el marco ya gastado y de antaño, ve sus enormes ojos de ámbar, cierra los parpados, y lo ve, lo imagina, él trae en el rostro un antifaz, y sujeta un bastón, ella trata de acercarse a la imagen, para distinguir los detalles, pero alguien toca su hombro y abre los ojos, sacudiéndola de la escena (en construcción)...

jueves, 18 de noviembre de 2010

Las horas no dicen nada

Ausente de alegría, ausente de risas, ausente de llanto, las lágrimas no salen, las ideas me ahogan en un mar envuelto por malos pensamientos, pensamientos que rugen y piden una respuesta, pensamientos que no se apagan con el sueño más voraz.
Qué pasa, qué me está pasando, que lo único que veo es un futuro donde estoy sola, sin ánimo, sin anhelo, sin nada, es incierto, el tiempo va lento, las horas no dicen nada.
Llévame luz de otoño que atraviesa las cortinas de su habitación, sácame el alma y cuélgala de un hilo, que tal vez así no sienta nada, arrójame al vacío, que vacía quedaré por su respuesta, encapsula los momentos encantadores, que estarán en el recuerdo, su existencia la tendré en los ojos, en las manos, en el espíritu, en mi fe, su recuerdo quedará en mi silencio, porque todo fue un sueño, un sueño del cual tendré que despertar, veo el reloj y las horas no dicen nada, veo la Luna y mi alma es quebrantada.
Déjame entrar a sus pesadillas para poder restablecer todo, déjame amarlo para poder envejecer en sus brazos, para poder decirle que lo amo…

miércoles, 4 de agosto de 2010

Lo etéreo de los sueños

En ocasiones quiere cerrar los ojos e imaginar el silencio de la forma más absurda, las imágenes ahí son intangibles, no se perciben los aromas ni los sonidos.

Pronto regresará la ilusión a sus párpados, ya pasará la incertidumbre que rodea su cabeza, poco a poco devorará risas

Los enredos armarán pasajes futuristas que como una coz sacudirá su pecho, las pupilas mostrarán sorpresa, el aliento se consumirá, la respiración se acelerará, ella cerrará los ojos y se sumirá en un silencio apabullante que la llevará a mundos imaginarios.

Ella estará ahí, distrayéndose como niño, consumiendo la fatiga y el desvelo que arrapa la rutina, ella se reencontrará con él y se sumergirán entre cobijas y mundos casi perfectos.
Entre pensamientos acogedores se entrelazarán para encontrarse de nuevo cada que las luces del Sol se disipen, cuando el silencio y algunos ecos de la ciudad se calmen, cuando ambos se abracen y uno frente a otro imaginen historias fascinantes.

miércoles, 30 de junio de 2010

El sol no brillará ya

Un esplendor iluminó sus ojos, sus piernas hasta las rodillas eran cubiertas por líquido marino, su piel estaba pegajosa por el sudor, la arena la envolvía de los brazos y el rostro.
Pasaron dos meses para que ella fuera a la playa, la ribera la mantenía como ausente e ida del ruido y el desdén de la ciudad, pasó poco tiempo para que se diera cuenta que la muerte era un regalo que la vida daba.

Ella ahí parada frente a la marea, preguntándose si vería a los suyos en aquel lugar lúgubre y tenso que cualquier persona evita mejor no hablar “la muerte”, esa que abraza a los mortales y los sacude como títeres de tela, sujetándoles y comprimiéndoles las palmas de las manos que bajo ellas se dibuja la “m” de mortalidad, la “m” de muerte.

Y es que a Elizabeth nunca le ha dado terror hablar de ella, cuando era pequeña su abuelo le dijo alguna vez que las cortinas oscuras atraparían en algún momento a las personas que más amaba, y que no tenía por qué ponerse triste, que la muerte era un regalo para el ser humano.

Elizabeth cree que la muerte es un sueño, el sueño más bello que se pueda tener, un lugar donde encontrará a su abuelo y a los que ya se han ido, que desde allá la cuidan, la ven, le sonríen, le extrañan.

Ya son las seis de la tarde y el ocaso ilumina la sonrisa picara y despampanante de aquella joven hiperactiva y alegre, ella camina sobre el infinito azul, hasta que el agua sube hasta sus labios rosados y gruesos, en unos segundos ella desaparece.